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Organismos descomponedores

By: arquitecto segovia | 7 May 2016

Si observamos a los autoproclamados líderes, las brillantes y efímeras instituciones que éstos crean sistemáticamente y las gigantescas y finísimas redes de influencia de las que se rodean, es fácil llegar a la conclusión de que sus acciones, lejos de ser positivas para la sociedad, son destructivas y hasta peligrosas. Más incluso diría, es inevitable llegar a esta conclusión cuando:
· trabajas día a día cada euro que ganas y te encuentras con que «arriba» se suceden saqueos, estafas y corruptelas de enormes proporciones,
· no le harías daño a una mosca, y resulta que «en las altas esferas» la intimidación constituye una herramienta fundamental para los intereses y las llamadas diplomacias de todos los países; de hecho los países más importantes cuentan con el privilegio de poder amedrentar a los demás con armamentos especialmente destructivos, como lo son, por ejemplo, las armas termonucleares-,
· no quieres complicarte la vida y, sin embargo, te la complican con absurdas burocracias y papeleos de todo tipo,
· quieres hacer las cosas de un modo consecuente, y te encuentras con que tus propios recursos son utilizados para fomentar el borreguismo generalizado,
· y un largo etcétera

Esa conclusión tiene mucho de cierto, qué duda cabe. De hecho mucho tienen que ver sus saqueos con que medren la desgana y la irascibilidad entre nosotros, pero también es una conclusión falta de luz y de perspectiva. No son simplemente malos. También cumplen una misión: nos muestran que tenemos que aprender, que mejorar y que ser más fuertes! ¿Qué diría el árbol del hongo que aspira a descomponerle y devolverle al sustrato? ¿Qué decimos de las termitas que se comen nuestros muebles o nuestras casas cuando no hemos prevenido esa situación? Pues quizá nuestro árbol no disfrute mucho al ser descompuesto, pero los lamentos no tienen mucho sentido porque si no es fuerte no cabe esperar otra cosa.

Todo esto sucede porque entre nosotros, los humanos, hay personas que crean (comparable a los robles, águilas o conejos del campo) y también hay otras personas que destruyen (de la misma forma en que lo hacen los hongos, las termitas…). Cuando un árbol ya no tiene fuerza para continuar existiendo, entonces entran en acción los descomponedores; cuando un tejido biológico no tiene fuerza para seguir viviendo, le atacan las bacterias; cuando una sociedad no se alza fuerte y consecuente, entonces los políticos entran en acción. No se puede decir que esto está mal. Esto es como es, y podemos comprobarlo en laboratorios, en bosques, en hospitales, en ciudades y en países. Nos podemos ofender, y entiendo que pueda costarnos afrontar la idea, pero el hecho es que los parásitos tienen una función. Si como sociedad queremos hacer cosas grandes, bellas, hermosas… me apunto. ¿Quién en su sano juicio no se apuntaría a algo así? Pero eso no se consigue con borreguismo o votando a ladrones, sino con sinceridad, transparencia y gallardía. Llamando a las cosas por su nombre, dejando los estadios vacíos, metiendo a los políticos entre rejas (por supuesto, dejándoles económicamente en paños menores), no consumiendo productos propios de una sociedad de masas, etc.

Las águilas, los halcones… vuelan alto. Las personas soñamos con volar y les admiramos por lo bellos que son. Incluso les metemos entre nuestros símbolos en el intento de captar algo de su belleza. Pero no hace falta ir a lo más nos llama la atención: cualquier animal tiene emociones y, por tanto, tiene su inteligencia. Los hongos, por el contrario, viven en la oscuridad del subsuelo, tejiendo gigantescas y sutilísimas, casi transparentes, redes de influencia; prácticamente pasan desapercibidos. De ellos lo único que apreciamos con cierta facilidad son las setas, que son sus órganos reproductores. Los hongos y las termitas nos inspiran respeto temeroso y muchas veces incluso asco. ¿Quién, cuando se le pregunta que qué le gustaría ser, responde que sería una termita o un hongo?

Igual que un hongo se comportan las autodenominadas «élites». Es probable que ellos se perciban a sí mismos como héroes o triunfadores, si fueran más realistas otro gallo cantaría. Pero independientemente de opiniones, el hecho es que hablamos de seres que:
· minúsculas células que urden sin descanso enormes y finísimas redes de influencia,
· buscan crecer sin límite
· se extienden por la oscuridad descomponiendo para ello todo lo que no resista su marcha,
· crean de la noche a la mañana brillantes y efímeras instituciones (setas) a modo de órganos de expansión/reproducción,
· inspiran respeto temeroso y repugnancia entre las personas sencillas.

Así es, y en cierto modo no puede hacerse nada al respecto. La vida es un equilibrio. Pero sí podemos hacer mucho por la sociedad con solo comprender que las personas que se organizan en «élites» no están «arriba», en el cielo, no son dioses que nos riegan con sus bendiciones, ni son más inteligentes que los champiñones. En el cielo viven las águilas, los halcones… ellos ven con perspectiva, viven rodeados de luz y vuelan solos. Las “élites” son más bien lo contrario: lo gregario, lo bajo, lo oscuro, lo inconsciente, los habitantes de las profundidades, los descomponedores de aquella parte del mundo que, como el árbol, no se sostiene sobre sus raíces.

José Antonio Santos Pérez 🙂

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