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Cultura del esfuerzo

By: arquitecto segovia | 2 Jul 2016

Lo que llamamos esfuerzo es, en muchas ocasiones, el trabajo que cuesta algo que en realidad no se quiere hacer. Tiene que ser así porque el que hace lo que quiere, aquello con lo que disfruta y aprende… ni pierde nunca, ni tiene sentido decir que se esfuerza. Para él todo son ganancias, porque antes de pensar en esforzarse ya lo ha conseguido todo. Cuando pase el trabajo puede darse cuenta de que se habrá esforzado más que nadie pero para él ¿qué sentido tiene pensar en ello?.

El que se esfuerza sin disfrutar de lo que hace, según éste planteamiento, parte de una gran desventaja, y cuanto más se esfuerce más se expone a perder. Porque cuanto más se esfuerce, mayor será la expectativa, mayor será siempre el riesgo de perderlo todo y mayor el sufrimiento por no poder acompasar la realidad a sus expectativas. Desde este punto de vista el esfuerzo es una forma de rozamiento psicológico. Es como la bicicleta que se frena sola: una traba que solo puede repercutir en peor salud, en mal humor, en menor vida, en menor felicidad, etc.

No se puede decir que un gato se esfuerce como no se puede decir que un niño se esfuerce. Cuando un niño se esfuerza es porque ya tiene algo de adulto. Los niños lo hacen todo fácil, y lo hacen todo bien porque hacen lo que les llena, lo que les motiva, lo que quieren hacer… lo que son. En ese sentido los gatos son iguales, lo hacen todo bien. Y ambos son prácticamente dioses en los ojos de una persona «adulta», ya apaleada, y también en los ojos de grandes culturas pasadas.

En nuestra cultura, sin embargo, valoramos el esfuerzo como algo bueno en sí mismo. Como algo que merece recompensa. Pero no somos conscientes de los problemas que eso supone. ¿Cuántas personas, por ejemplo, han estudiado una carrera no porque les apasione, sino porque «tiene salidas» y por ello trabajan en algo que realmente no les gusta?; esas personas se enfrentan a una vida trabajando sin ilusión, sin alegría… a una vida light en el mejor de los casos.

Personalmente diría que si te has esforzado sólo para hacer algo que no consigues, pues te has buscado un problema; y que si te has esforzado enormemente sólo para hacer algo que no consigues, pues te has buscado un gran problema. ¿No es lógico?. Lo valioso está en vivir en cada paso, en disfrutar cada minuto y en aprender cada día. Quizá haya que pensar en el objetivo, por qué no!… pero si no disfrutas cada paso lo pierdes todo.

Si tienes calor te quitas la chaqueta; si te supone un gran esfuerzo caminar bajo el sol, lo más sencillo es plantar árboles y disfrutar del camino. Pero alabar al suicida que se deshidrata porque quiere no tiene ningún sentido.

El pensador tosco podría decir que sin esfuerzo nos quedaríamos todos en el sofá viendo el fútbol y tragando cerveza y perritos calientes todo el día. Así se estarían definiendo estas personas. Pero obviamente es absurdo:
· ¿Qué quieren las piernas sino es andar, cuando su forma y mecánica es la construcción del caminar?
· ¿Qué quieren las cuerdas vocales si no es cantar, cuando ellas y el sonido que lanzan son dos formas de la misma cosa?
· ¿Qué es el cerebro sino una materialización del pensamiento?
· ¿Para qué son las manos sino para tejer, pintar o tocar instrumentos?
· ¿Quiere el cuerpo estar sano y feliz o ser una mórbida bola de grasa?

Los pobres desdichados que gastan su tiempo en prensa rosa, fútbol, toros o política-minúscula, desde este punto de vista es probable que ni siquiera sepan lo que quieren. Se encuentran tan taponados por el «tener que», se encuentran tan lejos de saber qué es lo que quieren hacer con su vida, que tirarse y tragar cuanto les echen es la única salida que conciben sus atoradas mentes.

Desde el punto de vista que expongo se ha venido a llamar «cultura del esfuerzo» lo que es, en realidad, un eufemismo colosal. Y a él sería más preciso, más sincero y más constructivo referirse como «cultura de la prostitución». Cómo sino diríamos cuando has cambiado algo realmente valioso como es el tiempo o la confianza, por otra cosa que es valiosa, en realidad, sólo a efectos sociales, de imagen, facilidad, comodidad, apariencia, vanidad, etc.

Quizá puede parecer que lo que digo no es importante, quizá parezca que es poco más o menos que un juego de palabras o una anécdota psicológica. Sin embargo estoy hablando de un tema capital. De nuestros pensamientos, salen nuestras palabras, de nuestras palabras salen nuestras costumbres y de nuestras costumbres sale todo aquello de lo que nos rodeamos. Todo pasa por la mente. La forma de cambiar lo que nos rodea es cambiar la mente.

José Antonio Santos Pérez

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